SILENCIOS

SILENCIOS

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R.K. DUPUIS

El día perdido en la noche

Entre las 3 y las 4 abro los ojos, te veo durmiendo boca arriba, bien tapada de la corriente de aire que me acaba de despertar. Acerco mi piel a tu pelo sin tocarlo, alzo un dedo, levanto dos dedos, luego tres. Hasta que decido alejar mi mano llevándola a tocar la pared fría. Recorra los recovecos de la palma en el blanco de la muralla, me distraigo haciendo líneas, pequeños lazos, perfectas ataduras sobre tu cuerpo imaginario, que yace a mi lado con una inmovilidad perfecta.

Pienso en lo que no veo. Los pliegues de tu oreja debajo del pelo, el sostén que no llevas puesto y que seguramente está atrapado en medio de la cama, tu ombligo espiral rodeado de blanco con pequeñas líneas ámbar que caen al negro, el olor a miel que hace todo más dulce y difícil de olvidar. Recuerdo el pequeño artículo que es tu calzón como lo único que buscaste en la noche después de fumar, después de hablar, después de aparecer intempestiva en mi noche.

Cierro los ojos entre las 3 y las cuatro, doy varias vueltas enredándome en el plumón para quitarme el frio que me acaba de despertar. No me atrevo a sacar ni un dedo y hasta me hundo con cabeza y todo. Aprieto los ojos entre 4 y 5, para no correr el riesgo de verte al lado y buscar tu pelo. Para no recordar que ya no hay ataduras, que no hay desilusión.

Que se escaparán en unos días de mi todos tus recuerdos. Que no volverás a mí. Que no volveré a ti.