Pandemia

Pandemia

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ARTE EN MARCHA

COLABORADORES:

  • BEGOÑA EGUILUZ
  • MAITE SASIA
  • RUBÉN FERNANDEZ
  • LIBE NARVARTE
  • ARANTZAZU URDANEGUI                 
  • FOTOGRAFÍA: IÑIGO LASAGABASTER                                                  
  • PORTADA: IÑIGO LASAGABASTER
  • DIBUJOS Y PINTURAS: ROBINSON AVELLO AYALA
  • MODELO PORTADAS: ROSARIO S. IBAR
  • ISIDORA S. AGUIRRE

BEGOÑA EGUILUZ

Apuntes de la Pandemia (extracto)

Recuerdo que habíamos venido a principios de marzo para arreglar nuestra Casa del Vino, situada en la ribera del Alhama.

Fuimos pintando con tranquilidad y placer la terraza y el patizuelo de blanco, los hierros de los balcones de negro, las contraventanas y la puerta de un fresco verde pasto y dirigimos con cuidado las ramas altas de la parra aún desnuda, hasta casi rozar las viejas tejas. Compramos un alhelí, un macizo de claveles rojos y una margarita toda botones...

Aquellos días fueron de sol, deliciosamente templados hasta la caída de la tarde. Se escuchaban afuera las voces de los viejos en la tertulia, se aspiraba con fruición el aroma de leña que impregnaba el pueblo sobre todo en la mañana y al atardecer....

Y entonces, de pronto, todo se volvió loco.

Hemos cerrado a cal y canto la puerta de La Casa del Vino.

Desde entonces vivimos en la pura conjetura. Tenemos miedo permanentemente. A veces es soterrado y otras, pura ansiedad frente a lo que no nos terminan de decir, frente a lo que no terminamos de entender...

Hoy la lluvia golpea con fuerza los cristales y logra filtrarse en el alto. Mis plantas están sufriendo. A ver que quedará mañana de las que no guarecí... Acecho la camioneta de la panadera. Las noticias repiten cifras nefastas. Y siento entre relámpagos y truenos y la lluvia que sigue inclemente, que estamos emplazados. Nos ronda el verde de Lorca...El beso de la luna...El maldito duende...

Hay que cerrar herméticas las ventanas. Hay que escribir lo que vaya saliendo. Hay que leer poesía... Tengo que entonar este ánimo violeta.

Estamos totalmente aislados por la posición de nuestra casa en el pueblo. Nadie al frente, nadie a los lados, nadie detrás. Flotamos entre cielos y campanas inmóviles.Gracias a Dios, tenemos música y tenemos libros.

Esta noche, leo la biografía de Miguel Hernández. Me demoro, quiero dejar al poeta en aquellos días de risa exultante; en los de alpargata y camisa abierta... Leo lento y me deleito con aquel tiempo en que fue casi feliz, pero, finalmente hoy, se me ha vuelto a morir en la cárcel de Alicante, enfermo, consumido y solo. Entonces, como cada vez que asisto a su muerte, la pena negra me dura hasta el alba.

He subido a la terraza. Todo lo doloroso parece un sueño entre la parsimonia del vuelo de los buitres y el gorjeo de los pájaros nuevos. Mañana sábado, se cumplen dos semanas desde el día que cerramos la puerta...

El mundo repica y nosotros callamos

Hemos vuelto sin inocencia a las enervantes horas de nuestra infancia

a los deberes menudos, a la docilidad del miedo.

Se nos han acostumbrado las manos a las caricias imposibles

y en cada gesto ponemos un poquito de cereza a la pena...

Vivimos en el silencio. Dicen que los animales están volviendo a acercarse, que las aguas del río corren más claras. Esto Parece Comala. Como si el pueblo hubiera sido abandonado y fuéramos los últimos fantasmas, pero en un pueblo vivo lleno de brotes y trinos...

Me siento Úrsula Iguarán luchando en Macondo contra el comején y la carcoma. Amo las escaleras de mi casa termómetro de mi energía. A veces quedo sorprendida de mi juvenil ligereza arriba y abajo, pero otras, cuando las subo torpemente de una en una, me convierto en una especie de Sísifo resiliente.

Cada día tiene su sentido en el cuidado de lo que me ha sido dado: asegurarme de que coman el gato y la perra, de regar los claveles, de cortar las verduras con cuidado, revisar la despensa, rociar a los niños con mi colonia... se han vuelto asuntos extremadamente importantes,

La casa del vino nos protege poderosa. Se enfrenta al duende, como yo, al caos. Todas las tardes bordo mi paño en la terraza.. Dejo que mis manos elijan los colores y las formas. Acepto el desorden o el punto torcido porque cuando lo extiendo me conmueve su humilde belleza. Esa que yo quisiera preservar pase lo que pase. Esa que solo depende de mí y que tiene que ver con el patizuelo bien barrido cada mañana, la cueva recogida por la noche, la manta doblada y los cojines bien puestos en la salita de invierno antes de irme a dormir. La de poder dejar a los niños calentitos en sus camas, de apagar las lámparas, de entornar las ventanas y asegurar con cuidado la puerta después de comprobar que humanos y animales estamos en casa.

Más tarde escribo como siempre...

Y...febrero afilaba la guadaña

mientras marzo oreaba sus tules y sus fastos...

Se acercaba la cadencia de la noche equinoccial...

Y... el tonto marzo, el superficial marzo ventoso

no supo que las gasas y las brisas ocultaban un filo perfectamente a punto.

Febrero fue un afilador cum laude.

Por eso fue que nadie acudió a la fiesta.

Primavera lloró como una adolescente contrariada...

Arrancó sus inútiles guirnaldas

Pataleó sobre el florido destrozo de su fiesta ...

No soportaba la falta de miradas, de brazos rebosantes, la falta de lilas en las salas...de cometas, de pasos de niños...

No entendía la pobre,

que febrero y su mano descarnada

habían segado los abrazos y miradas.

y que abril y que mayo estaban ya tocados de añoranza....

MAITE SASIA

No puedo respirar. 

Y no es por estar contagiada --que lo estuve--

Tampoco porque fume --que fumo--

ni siquiera porque esté asustada y el miedo me esté mordiendo la boca --que lo estoy--.

Simplemente no puedo respirar porque no quiero.

Me faltan jirones que fui perdiendo con el tiempo: Una vieja amiga, mi padre, mis alas, determinados momentos...

Alguna vez dije que mis palabras estaban enfermas y creo que para mí, en ese instante comenzó la pandemia.

Una silenciosa y mofletuda que no le importa a nadie.

Una que no mata ni encierra a ojos vista, pero que sí pone cadenas.

No fueron los días de confinamientos los peores

No, nada más lejos de eso

El virus está en mi interior, infectando todo.

Recorriendo un camino pedregoso y sin alianzas

Para un ser como yo al que las letras le dan agua y las palabras aire, quedarse sin eso es perderlo todo.

Y esa, esa, es la peor de las pandemias.

¿Por qué yo? Me pregunto por las noches

¿Por qué tú no? Me responde la más helada de las voces.


   ROBINSON AVELLO AYALA: PINTURA


RUBÉN FERNANDÉZ

SUREÑOS SUEÑOS ROTOS

Hanane sonreía mirando al fuego, aventurando extraordinarias aventuras en países lejanos, llenos de oficinistas altos, rubios y flemáticos.

Ella, cuya cabeza no se distanciaba del suelo más de lo que podía hacerlo una liebre dando su mejor salto, se regodeaba imaginando una vida de mentira entre gente rara sin más detalles que los que podía ofrecerle una mente poco entrenada y expuesta escasamente a estímulos creados fuera de su aldea.

El viejo Yusuf le había enseñado a lavarse el alma junto con su cuerpo. Llevaba las impurezas de su corazón hacia las extremidades y las acumulaba en minúsculas láminas negras bajo las uñas. Después solo había que esperar para cortarlas en un ritual de propósitos, llantos y agradecimientos.

Hanane imaginaba sus manos y pies pesados por la carga que llevaba periódicamente hacia ellos, y sentía que sus brazos y piernas le hacían elevar su estatura y estrechar su figura, como quien estira un chicle. Pero ella quería ser un chicle blanco. Frotaba su piel con jabón y arena en su playa tratando de alcanzar con la vista la tierra de esos rubios al otro lado del mar. Y ver cómo su cuerpo modificado la acompañaba después. Le habían dicho que los edificios en el norte eran también así, largos y estrechos como la niña que ella quería ser allá.

El Majnun Yanus llevaba muchos meses, con varios Ramadanes entre medias, cobrándoles la mitad de sus ingresos a cambio de un asiento y medio en lo que él llamaba el Crucero al Paraíso. Para el resto de los mortales, se trataba simplemente de una patera con algunas posibilidades de zarpar y fuertes deseos de arribar, eso sí, sin ninguna garantía.

Hanane nunca creyó a Yanus cuando llegó con un recorte de The New York Times que le habían enviado desde Trípoli argumentando que no era seguro realizar el viaje, y que lo suspendían hasta nuevo aviso.

Amina, la compañera de viaje -y madre- de Hanane, consiguió en un bar de la playa que le tradujeran aquellas letras ininteligibles para ella. "The world is confined by covid-19". Nada entendía de su significado, pero poco le importaba si no conseguía que ese loco le devolviera cada dinar invertido en otro sueño roto.

IÑIGO LASAGABASTER: FOTOGRAFÍA PORTADA

LIBE NARVARTE

La cocina no es un cuarto propio

Aquí estamos, "de vuelta en la cocina". Lo ha conseguido un virus, un puto virus.

"Que qué sabrá nuestra generación de sacrificios"- dicen- "a otros les tocó ir a la guerra". Nosotras sólo tenemos que hacer "lo de antes", "lo de siempre": volver al sitio del que tanto nos ha costado salir. También a ellos les ha tocado "el pequeño sacrificio de quedarse en casa". Pero soy yo la recluida en la cocina. Y la cocina no es un cuarto propio.

La conexión a wifi, la luz, el silencio: la casa tiene también sus bienes en disputa. Y así queda el saldo en la mía: el reflejo de libros en la pantalla de él; pared blanca como fondo para mí, una vez calculado el ángulo preciso para esconder frigorífico, microondas, lavadora.

"Por algo se dice que los hombre no podemos mascar chicle y caminar a la vez"- me sonríe - "Tú sí que tienes superpoderes". Mis talentos: acompasar las reuniones laborales y tareas domésticas en un calculado ciclo de ruidos y silencios, y de presencias y ausencias de pantalla: centrifugado (cierra micro), fin de programa (abre micro); descanso (pela patatas, cuelga la ropa, té para dos), empieza reunión (abre cámara), apaga la pasta y escúrrela (micro a tope, cámara velada).

"Por la compra no te preocupes, ahora salgo"- dice él, mientras mi yo virtual y presencial quedan anclados a la casa.

El virus nos encerró en casa. Mis superpoderes, mi debilidad, me tienen atada a la cocina. Como feminista, soy un fracaso. 

ROBINSON AVELLO AYALA

ARANTZAZU URDANEGUI

El primer golpe no lo recibió cuando decretaron el estado de emergencia.

No, no.

El primer golpe lo recibió hace 937 días, 12 horas y 15 minutos. No lo olvidará nunca.

Y es que hace 937 días, 12 horas y 15 minutos fue cuando lo conoció.

Cuando lo conoció de verdad.

Aún recuerda como cambiaron los músculos de lo que hasta entonces era, un cándido y alegre rostro, por uno que no parecía ser humano.

Y desde entonces, no ha sido si no un golpe tras otro.

Hace ya meses, decretaron el estado de emergencia.

Nadie puede salir de su casa, ahora no es seguro.

Ahora está encerrada. Encerrada con él. No con el del rostro cándido, sino con el que no es humano.

Ahora, sabe que el último golpe le llegará en cualquier momento.

Y reza, reza a todas las amapolas y campos de lavanda, que el virus se lo lleve primero.

Pero el virus es selectivo y egoísta, y a él no lo quiere.

El virus la quiere a ella, y ella por su parte

Está feliz, y en éxtasis de poder irse con él.


ISIDORA S. AGUIRRE

Escribir para apaciguar el dolor en aquellos momentos de conmoción histórica y transmutarlo en dulzura. Para volver a significar que en escenarios complejos y a la vez simples, no existe el fracaso del dolor. Para enlazar el pasado que nos condena y el presente que nos asfixia hacia la re-conexión con el instante. Escogemos con vagas palabras y en pocas acciones como nos deseamos encontrar hacia adelante en el tiempo. La pandemia ha desmenuzado el presente, paralizándolo y ahora nos alista.
Volvemos a preguntarnos en aquel tejido, necesidad humana de nuestros duelos -nada más que nuestra propia valoración del sentido- aquejados por el mal del dolor, la mugre del sufrimiento, alguna orientación para comprender dicha vivencia y significar nuevamente la experiencia. Reconstruir un significado del valor desde el dolor mismo. El significado comprende una idealización racional entre la realidad frente a la propia experiencia. Elemento interno y externo. El valor nos retrotrae hacía lo más íntimo. Una faz metafísica olvidada en nuestras coordenadas, apenas humanas, arraigadas al mundo, nuestro sentido propio. Las relaciones entre el individuo y el mundo que deseamos constantemente explicar, requieren de una puesta del valor en tanto sentido puesto en acción.
El dolor no es más que un menudo e ínfimo fragmento humano, también histórico, por supuesto perpetuo, por supuesto también temporal.