Caos

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COLABORADORES

  • BEGOÑA EGUILUZ
  • MAITE SASIA
  • ÓSCAR ANDRADE 
  • RUBÉN FERNANDEZ
  • LIBE NARVARTE
  • ARANTZAZU URDANEGUI                 
  • FOTOGRAFÍA: IÑIGO LASAGABASTER                                                  
  • PORTADA: MARU HERNANDEZ
  • DIBUJOS Y PINTURAS: ROBINSON AVELLO AYALA
  • ARQUITECTURA: MARIA SOLEDAD LARRAIN 
  • MODELO PORTADAS INTERIORES: ROSARIO S. IBAR
  • ISIDORA S. AGUIRRE
  • JAIME HALES
  • MARU HERNANDÉZ, FOTOGRAFÍA
  • RUBÉN FARIAS S.
  • ÁNGEL ESPINOZA CÁCERES

BEGOÑA EGUILUZ


Hay una hora-caos al promediar la noche
un tiempo de mandíbulas- tijera
que vuelve locos los relojes.
Más vale que nos pille dormidos
y se resuelva tan solo en pesadilla.
Ese minuto en la raya del negro
es agonía con los ojos abiertos.
Entonces sentimos el trabajo del embudo
que engulle hacia ninguna parte
mariposas desesperadas
escenas que creímos eternas
sucias de madrugada
sueños y lirios van marchando al unísono
libros viejos que aún brillan
retazos de palabras masacradas
por pasos que nos eran preciados
y ahora tiemblan en trance de succión...
Un aroma insoportable
Impregna la sonrisa de mi padre
casi tapada por un verso que escribí
acorralada por las lilas
del tiempo de los números...
Lo peor son los sonidos
Miles Davis atrapado por La Heroica
mantiene el tono de la frase más triste
del Adagio de Barber subrayado por Volver...
Todo se va convertido en basura.


ÓSCAR ANDRADE: ACRILICO SOBRE TELA

MAITE SASIA

Las personas tienden a creer que todo se paga en esta vida (o en la otra), que existe algún tipo de justicia divina o universal que premiará a algunos y castigará a otros según sus actos.

Yo no.

He visto caer montañas sobre hombros demasiado heridos y  llover estrellas iluminando al oscuro, al siniestro. Al más mísero egoísta que se piensa dadivoso.

El caos lo maneja todo, el mismo universo -según los físicos- tiende al desarreglo.

Por ello siempre es más fácil destruir que crear.

Porque todo empuja hacía esa última ópereta.

Hoy el caos reina sobre todo y todos. Es un Rey al que hay que saber encontrarle la realeza, pero un Rey al fin y al cabo.

Quien, como todos los Reyes, busca solo una cosa...

Pleitesía.

¿Y quién soy yo para oponerme a eso?

Mi mente es caótica por naturaleza o por crianza -ya no espero resolver ese enigma-.

Y sí, me gusta el arte, Fito, Charly, la poesía, la arquitectura ,el fútbol, Cabral y Cortez, los libros, las canciones antiguas, los animales, Alexander, el rock, Serrat, la historia, los misterios y me gustas tú...

Quiero crear a pesar del caos que nos envuelve, quiero crear en contra de todos los pronósticos. Hasta que la tierra se encuentre con su progenitor, hasta que todos nos destruyamos,

Quiero crear contra el caos, a pesar del caos, junto al caos.

¡Quiero crear!


   ROBINSON AVELLO AYALA: PINTURA

RUBÉN FERNANDÉZ

Libis era viento.

Se había condenado a no posarse sobre los problemas, los triunfos o las relaciones. No descansaba.

Se había condenado porque la posibilidad de sufrimiento le aterraba, y porque la idea de felicidad se le antojaba fugaz, y por tanto implicaba pérdida y frustración.

Sin embargo, había aprendido, sin reconocerlo, a disfrutar del movimiento.

Solo en movimiento podré extender mis alas, pensaba. Solo mirando el mundo desde lo alto, cambiando continuamente de perspectiva, evitaré el ahogo de la inmovilidad. Evitaré por tanto la ceguera de la ignorancia, porque quien no se mueve no conoce, y tampoco sabe orientarse.

Olvidaba la implicación, el compromiso. No era consciente de esa carencia, igual que no conocía el sentido recíproco del tacto. Las personas solo podían sentir su presencia, pero no eran capaces de reconocerle, y menos, de establecer un vínculo.

Jugueteaba con cabellos, que desmelenaba buscando construir recuerdos, visitándolos de forma recurrente. Pero salvo rodearlos desorganizadamente provocando algunos aleteos más o menos armoniosos en sus dueñas, no sabía ir más allá. No podía, sin manos atadas a un cuerpo, con su peso y sus limitaciones. No conocía el beso ni la lágrima, aunque atravesara lluvias dulces y rebañara rompeolas salados.

Podía nacer y morir varias veces en el mismo día, pero no sabía si seguía siendo el mismo.

Él era el narrador. No consiguió ser el protagonista de su propia (y caótica) existencia.

IÑIGO LASAGABASTER: "PARIS"

LIBE NARVARTE

Haikus contra el caos


Sólo una forma

es correcta: no dudes.

Sigue la orden.

--

Orden, Dios, ¡orden!

Cada cosa en su sitio

Si no, me pierdo

---

Miedo a perderme:

tiro miguitas de pan

en plena selva.

--

Hay una selva

que me crece y me crece

y desmalezo.

---

Maleza arranco

y me quedan las manos

despellejadas.

--

En mi pellejo

soplo todo mi aliento

porque hace frío

--

El frío cuelga

sus témpanos de plomo

desde mi alma

---

Mi alma tiene

una cintura estrecha

muy bien formada

--

Sólo una forma

es correcta: no dudes.

Sigue al orden.


PORTADA: MARU HERNANDEZ "CAOS Y MODERNIDAD"

ARANTZAZU URDANEGUI

Él fue puro caos desde el momento en que abrió los ojos hasta que los cerró.

Desde su primera infancia se veía que hacía a todos los pétalos a su alrededor bailar, y por cada paso que daba iba dejando una estela de desconcierto que toda su familia parecía celebrar, pues en él, todo ese desorden calzaba perfecto.

Al ir creciendo, su anarquía se volvió avasalladora, y como no, el universo continuó amándolo. Con cada error, y con cada traspié que daba, era como si lo quisiera premiar cada vez más. Pues era imperfecto. Y era tan sumamente imperfecto, que hasta la antimateria le rendía tributo.

Para él la entropía era más que un principio de vida, era el todo.

Él era la entropía misma. Su explicación, su propio homenaje.

Y con el tiempo, cómo no, en uno de esos cuantos errores, echó raíces. Y más raíces, y más raíces.

Y a pesar de todos sus errores, su progenie, cómo no, también le amó.

Con sus equivocaciones y deslices, formó ésta familia que no podía ser de otra forma, era imperfecta. Y a pesar de no tener el amor del universo de su parte como lo tenía él, pudieron vivir.

Hasta que él, cerró sus caóticos ojos y decidió irse a otro sitio y desordenarlo todo.

Su imperfecta familia, que, aunque sabe que nada nunca estará bien, porque su adorado patriarca ya no está, lo sigue viendo.

Lo ven en cada hoja, en cada ave, en cada brisa,.

Y lo seguirán viendo. Hasta que el último de ellos cierre sus imperfectos ojos. 



JAIME HALES

Los dioses de la Vía Láctea y las galaxias aledañas, llamados dioses principales, se habían organizado entregando a los dioses locales, según las capacidades de cada cual y las posibilidades que dejaban entrever en sus primeros escarceos en el oficio, estrellas en grupo o en solitario.

La pequeña y marginal estrella llamada Sol le correspondió a Elí, uno de los dioses locales. Él estaba un poco resentido con el Consejo Superior de los dioses de la Galaxia, pues consideraba que se apreciaban poco sus capacidades al entregarle una estrella tan pequeña. Probablemente habría poco que hacer en ella. Desanimado, observaba los planetas que giraban en torno a Sol, tristes, solitarios, unos muy calientes, otros muy helados; algunos cubiertos de humedad, estremecidos por los vientos o revestidos de hielos. La estrella central era tan precaria que no lograba darles el calor necesario a todos.

De pronto comenzó a poner atención a uno de estos planetas: en él todo era caos y confusión, como diría más tarde uno de sus biógrafos principales. Caos, desorden, energías disparatadas, abismos insondables. Le pareció interesante lo que sucedía y agudizó la observación.

Recordó que el dios de todos los dioses, el innombrable, les había dicho en la Asamblea en la que se aceptó la creación de Consejos Superiores por galaxias y agrupaciones de galaxias, que cada uno de los dioses locales podía tener libertad para sus propias creaciones, siempre y cuando no intentaran superarlo a él ni invadir los campos de acción de los otros dioses paralelos o superiores. ¡Tanto reglamento y exigencias!

Miró con atención a ese pequeño planeta, que se veía de color azul, donde no había bruma excesiva ni calor ni hielos ni demasiados vientos. Solo oscuridad y caos, donde todo parecía moverse sin ton ni son.

Se montó en un vagabundo viento muy fuerte que se desplazaba en medio de los planetas y aleteando sobrevoló todo el pequeño planeta, aguas y partes sólidas.

Pero no podía distinguir bien las cosas y entonces dijo: "Haya luz".

Su biógrafo nos cuenta que se iluminó todo y entonces el dios del Sol pudo ver lo que había en la superficie del planeta al que llamó Kalfu. Fue entonces que se dio cuenta que la luz salía de la estrella misma, pero que el origen último era la energía de sí mismo. Sol se alimentaba de lo que Elì le daba. Se llenó de orgullo y observó que pese a que le habían dicho que su estrella era pequeña y poco fuerte, en realidad su fuerza iluminadora se veía mucho mayor que las de las otras estrellas tan lejanas.

Gracias a su propia potencia. Ufanado y feliz, este dios resolvió separar las aguas, dejando unas y otras en distintos espacios, creando ríos, mares, lagos, lagunas, tanto por sobre la superficie de las partes sólidas como por debajo de ellas. Y algunas de estas aguas eran calientes y otras frías. Entonces decidió que las partes sólidas serían fertilizadas por la luz, las aguas y su propia voluntad, dando a origen a la vegetación y otras formas de vida relativamente autónomas.

¡Fue entonces cuando entendió lo que les había dicho en cuanto a su liberad para crear! ¡La fuente de la creatividad era el caos! Porque estando el desorden repartido en el planeta, todo podía ser mezclado para generar realidades nuevas.

Hizo silencio y se alejó un poco de Sol, tomó distancia y escuchó atentamente: un sonido hermoso y sorprendente venía de las diferentes estrellas. Uno de sus pares había llamado a eso "música" y al analizar esa delicia de sensaciones, se percató que era la repetición de los mismos sonidos con diferentes duraciones y tonos.

Esa música era la demostración de lo que se podía hacer con el caos: combinar y fusionar todo lo que no parecía posible de ligar. ¡Podría mezclar indefinidamente esas expresiones sonido!

Y entonces tomó las tonalidades de la luz y observó que aparecían los colores. Infinitos colores, todos posibles de enlazar. Y luego las formas.

El caos era el origen de todo: y decidió entonces decretar que todo sería caos, para que la creatividad no tuviera límite y desde ese desorden fueran surgiendo las nuevas realidades. Sin caos no habría arte ni naturaleza ni nada que pudiera dar distintivo al planeta y por extensión a su estrella.

Para asegurarse de que este caos y su consecuencia no se detuvieran jamás dijo a sus ayudantes, según lo cuenta su biógrafo: "Hagamos a un ser que sea nuestra imagen y semejanza. Le llamaremos humano porque se parecerá a los dioses y también a los animales. Él generará caos y desde el caos irá haciendo maravillas como las que yo he hecho".

Y el dios de la estrella Sol creó al ser humano, a su imagen y a semejanza suya, con sus mismos atributos, pero lo hizo plural, macho y hembra, para que se multiplicara por todo el planeta.

Y desde entonces en Kalfu, el planeta azul, que luego los humanos llamaron Tierra, el caos reina sin contrapeso, como fuente de todas las maravillas posibles de suponer e imaginar, y los humanos, con su propia creatividad, emulan al dios y no se detienen jamás.

(¡Gracias a dios!)

MARU HERNANDÉZ: NATURALEZA

ARANTZAZU URDANEGUI

Él fue puro caos desde el momento en que abrió los ojos hasta que los cerró.

Desde su primera infancia se veía que hacía a todos los pétalos a su alrededor bailar, y por cada paso que daba iba dejando una estela de desconcierto que toda su familia parecía celebrar, pues en él, todo ese desorden calzaba perfecto.

Al ir creciendo, su anarquía se volvió avasalladora, y como no, el universo continuó amándolo. Con cada error, y con cada traspié que daba, era como si lo quisiera premiar cada vez más. Pues era imperfecto. Y era tan sumamente imperfecto, que hasta la antimateria le rendía tributo.

Para él la entropía era más que un principio de vida, era el todo.

Él era la entropía misma. Su explicación, su propio homenaje.

Y con el tiempo, cómo no, en uno de esos cuantos errores, echó raíces. Y más raíces, y más raíces.

Y a pesar de todos sus errores, su progenie, cómo no, también le amó.

Con sus equivocaciones y deslices, formó ésta familia que no podía ser de otra forma, era imperfecta. Y a pesar de no tener el amor del universo de su parte como lo tenía él, pudieron vivir.

Hasta que él, cerró sus caóticos ojos y decidió irse a otro sitio y desordenarlo todo.

Su imperfecta familia, que, aunque sabe que nada nunca estará bien, porque su adorado patriarca ya no está, lo sigue viendo.

Lo ven en cada hoja, en cada ave, en cada brisa,.

Y lo seguirán viendo. Hasta que el último de ellos cierre sus imperfectos ojos. 



MARIA SOLEDAD LARRAÍN 

Por: María Soledad Larraín Salinas, Arquitecta

Infierno en la biosfera

Desde 1995 la Biosphere es un museo en Montreal dedicado al medio ambiente que se ubica en el Parque Jean-Drapeau en la isla Saint Helen.

En 1964 en preparación para la exposición Mundial que se haría en ese lugar el gobierno de estados unidos le pide a Richard Buckminster Fuller, arquitecto e inventor, que entregue una propuesta, su visión para el pabellón estadounidense, que luego sería una ironía, era como un observatorio del futuro del planeta. Así, 3 años después en la Feria Mundial de 1967 se construye la cúpula, como un símbolo de la innovación e inventiva humana, siendo ésta una de las mayores atracciones del evento, recibiendo más de 9 millones de personas en 6 meses.

Fue tal el éxito de la estructura que se conserva de manera permanente cuando EEUU decide donarla al gobierno de Montreal. Un año después la autoridad local transforma su interior en un enorme aviario y una serie de jardines diseñados por el Jardín botánico de Montreal y es ahí cuando consigue su nombre: La Biosfera, y su misión como un experimento de réplica del sistema formado por el conjunto de los seres vivos del planeta Tierra y sus interrelaciones.

Pero fue una tarde de 1976, durante unos trabajos de mantención, que se dio vida a una icónica imagen de pánico y caos, un incendio que consumía los 1900 paneles de piel acrílica transparente montados en una estructura de acero de 62 metros de alto que junto a las llamas y el humo llegaban al cielo y permaneció inmóvil mientras todo se desvanecía a su alrededor.

Y así, por cosas fortuitas de la vida, la estructura que buscaba mostrarnos el futuro de la humanidad ardió en llamas quizás para advertirnos de lo que venía, o para mostrar la resiliencia de una estructura que hoy nos invita a reflexionar sobre nuestro rol dentro de la naturaleza.

RUBÉN FARIAS S.

Despierto y estás tú

Despierto asustado por un movimiento brusco del tren y veo que la mujer de al lado me trata de calmar. Acerca su rostro y me dice palabras que no suenan. Que no se escuchan porque solo puedo oír el zumbido que llena mi cabeza. Trato de destaparme los oídos apretando la nariz y respirando hondo pero no funciona. El zumbido sigue y además me doy cuenta de que estoy viendo borroso. Alcanzo a imaginar la cara de la mujer pero no distingo sus rasgos con el detalle necesario, ni con los colores necesarios. Adivino su pelo largo como su fuera una nube de cenizas cayendo alrededor de su rostro.
Siento que ella me toma las manos para tranquilizarme y, al sentirla, me doy cuenta de que lo que me pasa no es sólo un mal sueño. Sus manos son de carne y hueso, un poco entumidas por el frío de la noche pero lo suficientemente cariñosas para sentir que está conmigo. Me sigue hablando y sigo sin entender. Veo el hoyo en su rostro que es su boca, haciendo movimientos verticales y horizontales, ya no con calma sino casi con desesperación. No sé qué decirle porque no sé qué pasa. No sé quién es ni por qué le importo. Así que hago un esfuerzo para pedirle que me dé unos minutos para volver a juntar mis piezas.
Y en ese momento ocurre lo más extraño. Se acerca el hombre del asiento del otro lado del pasillo y veo que nos mira, que nos toma las manos. Con todas las fuerzas empiezo a hablarle y, en vez de que las palabras salgan de mi boca, es él quien las dice. Como si yo se las estuviera dictando, como si él fuera el cuerpo que acabo de deshabitar.

ROBINSON AVELLO AYALA: CARBONCILLO

ISIDORA S. AGUIRRE

Si bien resulta absurdo el intento de alcanzar el origen de un acontecimiento, cuando se escribe siempre se busca. Y en esa parte de algo. La saliva seca emanaba de la boca muerta. En realidad parecían gases difuminados, porque la garganta mustia que los desprendía, yacía absorta en un túnel de membranas deshidratadas. La saliva seca de la boca seca del cadáver era infranqueable de escrutinar. Cuando se percató del torso desnudo, dejó de escuchar todo a su alrededor. El sentido de la audición se tornó inservible. La secuencia de actos era inaudible. De pronto azotó una corriente áspera directamente a sus pómulos, como una bofetada cargada de un hedor condensado. La saliva se había secado y lo que había sido de contextura líquida ahora resultaba imperceptible. El cráneo del fallecido había permanecido doblado, ladeado hacía su lado izquierdo con la boca abierta. Rígido, tieso, yerto, sin vestigios de vehemencia alguna. Era una materia sólida, sin vigor alguno. De soslayo intentó desviar la mirada y sin conseguirlo volvió a encontrarse de frente con el árido escenario, apestoso a restos de una vida pasada. Era inútil. Si bien el origen que escribía revestía de una apariencia caótica, ella en su vientre aún gestaba la vida. 

ÁNGEL ESPINOZA CÁCERES

Fue una lágrima el comienzo de todo,

ciénagas universales redondeando la brillantez

La esfera milenaria

habitó ausente en el infinito confín del pensamiento

Se borda la alegría del tiempo en los frágiles susurros de la nada

-Mirada omnipresente sin destino-

Un sonido tubular fue milagro en la soledad del éter

(La luz sonora se eternizó)

El ocaso del verbo floreció en el óbito interfecto del silencio

Toda vida inexistente germinó en la razón del sufrimiento.

Alguien deseó un instante. 

Cuando el primogénito

de la armonía renacía,

acaeció un exorbitante estallido

Fuimos jauría inconsolable

regresando a nuestras huellas,

la llave del olvido enmudeció


La bóveda celeste

sucumbió sobre mi efigie

creando mares desérticos


Profecía presurosa,

serpenteante vileza

¿Fueron tuyos los amargos dulzores de mi réquiem desquiciado?

Gritos oceánicos oxidaron

la espesura de las sangres,

en las manos líquidas y sempiternas

del

Caos.